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Como el valor fundador de ROOSTERGNN, la libertad de expresión, es un problema que preocupa tanto a periodistas, editores, escritores como a individuales. ROOSTERGNN publica una Serie Especial dedicada a temas relacionados con la libertad de expresión que han ocurrido en todo el mundo. Siga la serie completa aquí.

SHANGHÁI, CHINA. “Juro lealtad a la bandera de los Estados Unidos de América”, es lo que recitan los niños Norteamericanos en el colegio.

“El periodismo es la voz del partido comunista”, es lo que los estudiantes de periodismo de la Universidad de Shanghái escriben en sus trabajos de clase.

Bienvenidos a la libertad de expresión en un mundo basado en la memorización y la repetición, y bienvenidos, también, a una breve e íntima historia sobre las restricciones en la prensa libre de manos de un profesor Norteamericano de la Universidad de Kentucky.

Aquellos que quieran saber más sobre cómo se dispararon las comunicaciones internacionales en China, pueden hacerlo en la “Parte I: el punto de vista chino”, que escribió Zhang Siqi, profesora de periodismo internacional en la Universidad de Jilin en Changchun (China).

Changchun Newspaper

Periódico de Changchun

Por ahora, vamos a sentarnos y a reflexionar sobre cómo China puede alzar su voz para que se la pueda oír en el ruidoso mundo de la comunicación, mediante un análisis enfocado en una perspectiva histórica que incluye ecos de la vieja América, la España de Franco y el conflicto Vasco, y la Rusia de Putin.

Si lo que estás buscando es una imagen nítida de China, está claro que no has estado allí. Cada vez que oigas la palabra “China”, pregúntate a ti mismo “¿cuál de ellas? ¿La rica o la pobre? ¿La urbanizada o la rural? ¿La costera o la de interior?”

China es demasiado grande, compleja, moderna y antigua para catalogarla de una sola forma. O, como me dijeron tras hacer una sencilla solicitud en mi primera visita a China: “es complicado”.

Así que, para divertirnos un rato, echémosle un vistazo a algunos titulares de portada del New York Times y el Chicago Tribune de los mismos días en tres semanas distintas del mes de julio para compararlos con los del People’s Daily (el periódico oficial del gobierno chino) y el China Daily (el periódico en inglés más leído del país); ambos producidos en Pekín.

El análisis de los contenidos lo llevó a cabo Liu Xueyi, profesor asociado de la facultad de Periodismo y Comunicación en la Universidad de Jilin, que utilizó portadas del 1 al 21 de julio de 2014 y que aparecen en el foro de “libertad” de la página web de Newseum (museo de noticias y periodismo).

Dicho estudio consta de 41 titulares que contienen referencias a Estados Unidos o China; 22 de ellos en periódicos chinos y 19 en periódicos americanos. El estudio demuestra que los titulares chinos mencionan a Estados Unidos el doble de veces (8 titulares) que los norteamericanos lo hacen con china en sus periódicos (4 veces). Los medios chinos situaron las historias norteamericanas entre aquellas de máxima importancia 5 de esas 8 veces, mientras que el New York Times situó las noticias chinas entre las más importantes tan solo 2 de las 4 veces en las que menciona este país. No aparecen referencias a China en el Chicago Tribune.

Algunos de los temas que aparecieron en los periódicos fueron “una mejora en la élite china” sobre un acuerdo en bolsa (New York Times, 21 de julio), “china encuentra obstáculos en la Liga Ivy” (China Daily, 18 de julio), “Xi Jinping habla con Obama por teléfono” sobre Irán y Corea del Norte (People’s Daily, 18 de junio) y “EEUU planea nuevas tarifas en la importación de acero barato” (Chicago Tribune, 12 de julio).

China Daily se encarga de equilibrar cotilleo y seriedad con titulares que van desde “Diosa china del cine le da el sí quiero a director coreano” (3 de julio) a “China y EEUU liman asperezas con diálogos de alto nivel” (10 de julio).

Gracias al análisis del profesor Liu, podemos oír la contundente voz del diario New York Times de Estados Unidos en todo el mundo (17 de los 19 titulares, sólo 2 del Chicago Tribune) y la ceremonial voz de China mediante el People’s Daily (“Se lleva a cabo una gran reunión para señalar el 77 aniversario de la guerra china contra las ofensivas japonesas en Pekín; el presidente chino Xi Jinping asistió a la ceremonia y pronunció un importante discurso”).

Suelo decirle a la gente que nunca he estado en China; tan solo en Shanghái unas cuantas veces. No es una broma: si prestas atención a las noticias chinas, lo más probable es que te enteres de sucesos ocurridos en Shanghái.

Y por eso la historia es importante: los rusos huyeron hacia Shanghái tras la revolución de 1917 y, antes de la Segunda Guerra Mundial, la ciudad rebosaba de británicos, franceses, americanos y alemanes dedicados al comercio, finanzas e inversiones.

Toda esa cultura occidental, que incluía un reconocimiento a la prensa libre, hace de Shanghái una ciudad tan distinta de Pekín como un vestido rojo lo es de una estrella dorada.

En 2010, cuando me convertí en el primer profesor de periodismo de la Universidad de Kentucky en dar clases en la Universidad de Shanghái, tuve que enfrentarme a diversas cuestiones sobre la libertad de expresión.

Como le solía decir a mis estudiantes, con cierta dificultad, puesto que no hablo chino mandarín con fluidez, he pasado poco (y preciado) tiempo en China y creo honestamente que ellos, los estudiantes, saben mucho más del tema que yo.

Con tal de no decepcionar (después de todo, soy profesor), acabé dando respuestas que eran o bien filosóficas, o históricas, o personales.

En cuanto a filosofía, tal como le comenté a mis estudiantes, los periodistas de todas las épocas y continentes han tenido que lidiar con todo tipo de restricciones. Eso no significa que el buen periodismo sea inalcanzable, pero sí es extremadamente difícil de lograr y sus resultados suelen ser graduales.

Históricamente, siete años después de que se aprobara la primera enmienda de la Constitución de los Estados Unidos (en 1791), el presidente John Adams firmó las Leyes de Extranjería y Sedición. Poco después se encarceló a diversos editores de periódicos del país por publicar artículos en los que se criticaba al presidente.

Hoy en día, en Norteamérica, los periodistas siguen enfrentándose a restricciones, no tanto gubernamentales, sino monetarias, especialmente los numerosos despidos y ajustes de presupuesto que se han llevado a cabo en los periódicos y que han debilitado las labores de éstos de intentar boicotear la corrupción en el país.

Personalmente, nunca olvidaré cuando el profesor Juan Antonio Giner, allá por los 90, me pidió unirme a su pequeña consultoría periodística. Una noche, Juan Antonio amenizó la cena con historias de cuando trabaja como editor en un periódico bajo el régimen franquista.

Su periódico tenía que pasar por el filtro del gobierno antes de publicarse e incluso, algunas veces, varias páginas se imprimían con espacios en negro en lugar de haber noticias. En estos huecos, si los trabajadores tenían tiempo, se escribía una rima infantil; “María tenía un corderito”.

Cuando Juan Antonio hacía un buen trabajo, recibía una visita en su casa en mitad de la noche en la que se le recomendaba huir a París antes de que los hombres de Franco vinieran a arrestarle. Por lo que el hecho de que los periodistas tengan que lidiar con restricciones no es nada nuevo.

Trabajar en el País Vasco me proporcionó una nueva visión de las restricciones periodísticas. Aquello fue cuando el grupo terrorista ETA aún operaba, secuestrando a gente pudiente para pedir dinero a cambio de su libertad.

En los kioscos se vendían periódicos en español que hablaban de los terroristas al lado de periódicos vascos que cambiaban la palabra “rescate” por “donación política” en sus titulares.

Un día, a la hora de la comida, me puse a hablar con un editor de un periódico sobre una idea que había tenido para una historia: vamos a comparar el tratamiento que le da el gobierno a los terroristas encarcelados de ETA con el tratamiento de éstos terroristas a sus víctimas.

“Si hago eso, le prenderán fuego a la redacción”, fue lo que contestó el editor.

“De acuerdo, siguiente idea”.

Como veis, los periodistas tienen que lidiar con toda clase de limitaciones aparte de las puramente gubernamentales.

En Rusia, la situación para los periodistas puede ser más sutil o más brutal. En 2010, viajé durante un par de semanas a varias conferencias y talleres periodísticos en tres zonas horarias distintas, volando siempre a Moscú para desplazarme a mi siguiente destino. Tanto si estaba en Kirov, en Rostov-on-Don o en Barnaul (Siberia), los discursos de apertura siempre los daba un responsable del gobierno.

Durante una visita a las oficinas de Unión de Periodistas de Rusia en Moscú, me encontré a mi mismo paseando por un largo y sinuoso pasillo cuyas paredes estaban repletas de fotografías de periodistas. Cuando pregunté si se trataba de un muro de la fama, mi traductor, que había cubierto el conflicto de Chechenia, me comentó que todos ellos habían muerto. También me habló de una pesadilla que tuvo en la que ella misma caminaba por ese pasillo y se encontraba una fotografía enmarcada con su propia cara.

Al igual que en la teoría del color, la imagen del periodismo chino puede ser distinta bajo una luz roja, azul y blanca; ya sean esos los colores de la bandera Norteamericana o la Rusa.

Yo juro lealtad a la idea de que sólo una cosa es certera, y eso es el cambio; y eso significa que la voz de China en el ruidoso mundo de las noticias solo puede hacerse más audible.

— Traducción: Virginia Gonzalez.