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La Gran Vía de Madrid, símbolo de la modernidad de una ciudad de la que el escritor fue hijo adoptivo. Fotografía: Juan Gallo

Cinco años faltan para el centenario de la muerte de Benito Pérez Galdós, maestro de la pluma y retratista de primera de una sociedad en la que bien podemos vernos reflejados en un espejo de más de cien años de antigüedad. ¿Dónde está el progreso?

En su prolífica obra, Galdós nos muestra una sociedad en pleno proceso de modernización, proceso que no escapa a las contradicciones que todavía a día de hoy perviven en el actuar humano. Si bien el viejo fantasma del régimen inamovible de clases se ha difuminado ya en el presente del falso “tú decides lo que puedes llegar a ser”, España sigue siendo en gran parte el fortín europeo del catolicismo, donde permanece una doble moral hipócrita.

Y es que las críticas que Galdós realiza a los fervientes católicos en su obra le valió más de un enemigo, tanto así que éstos impidieron que ganara el premio Nobel de literatura en más de una ocasión. Si bien la sociedad ya no se muestra tan receptiva a los preceptos del catolicismo, el uso de los estereotipos sociales para marcar las diferencias entre iguales se mantiene, aunque se sustituya el “ateo” por el “antisistema”. Bien lo empleaba la cuadrilla de Doña Perfecta en la obra homónima de Galdós para desacreditar al joven Pepe Rey y llevar el cauce de los acontecimientos por sus intereses personales, tachando al varón de ateo, de radical, de ocioso y libertino.

Un país donde a finales del siglo XIX se señalaba a la holgazanería como uno de los males de la enferma sociedad española. Y a día de hoy, con más de un 25% de paro, más que la pereza o el rechazo de la “virtud” que parece ser el trabajo la falta del mismo es muestra de un sistema económico que no da cabida a todos, que se interesa por los números antes que por las personas.

Así encontramos en Marianela, en un diálogo entre el doctor Golfín y su cuñada, doña Sofía, una fehaciente crítica a un sistema preocupado por el voto y la superficial apariencia de contentar a la mayoría antes que interesarse por los problemas estructurales del sistema. Un mundo en el que la caridad es un problema antes que una solución en cuanto que alarga el sufrimiento de unos sectores poblacionales dejados de la mano del Estado.

-¡Zapatos a la Nela!- exclamó Sofía riendo-. Y yo pregunto: ¿para qué los quiere?… Tardaría dos días en romperlos. Podrás reírte de mí todo lo que quieras… Bien, yo comprendo que cuidar mucho a Lili es una extravagancia…, pero no podrás acusarme de falta de caridad… Alto ahí…, eso sí que no te lo permito- al decir esto, tomaba un tono muy serio con evidente expresión de orgullo-. Y en lo de saber practicar la caridad con prudencia y tino, tampoco creo que me eche el pie adelante persona alguna… No consiste, no, la caridad en dar sin ton ni son cuando no existe la seguridad de que la limosna ha de ser bien empleada. ¡Si querrás darme lecciones!… Mira, Teodoro, que en eso sé tanto como tú en el tratado de los ojos.

– Sí; ya sabemos, querida, que has hecho maravillas. No me cuentes otra vez lo de las funciones dramáticas, bailes y corridas de toros, organizadas por tu ingenio para alivio de los pobres, ni lo de las rifas que, poniendo en juego grandes sumas, han servido en primer lugar para dar de comer a unos cuantos holgazanes, quedando sólo para los enfermos un resto de poca monta. Todo eso sólo me prueba las singulares costumbres de una sociedad que no sabe ser caritativa sino bailando, toreando y jugando a la lotería. No hablemos de eso; ya conozco estas heroicidades y las admiro: también eso tiene su mérito, y no poco. Pero tú y tus amigas rara vez os acercáis a un pobre para saber de su misma boca la causa de su miseria… ni para observar qué clase de miseria le aqueja, pues hay algunas tan extraordinarias que no se alivian con la fácil limosna del ochavo… ni tampoco con el mendrugo de pan…

Y es que uno de los problemas fundamentales de la democracia, esto es, la falta de representación de las minorías, es una cuestión que la caridad no va a solucionar sino en apariencia. Para ello, y como el propio Golfín relata más tarde, hace falta un sistema educativo y una educación emocional que acojan de buen grado atendiendo a las necesidades que estos individuos abandonados requieran.

Galdós, que llegó a ser diputado, siempre se mantuvo al margen los gallineros parlamentarios pero a la vez siempre fue crítico con una democracia de notables, donde prevalecían los intereses de terratenientes, notables locales y eclesiásticos sobre los intereses de todos. Así en Gloria se retrata una ficticia Ficóbriga marcada por la influencia en el voto del padre Silvestre Romero y sus lazos con Rafael del Horro, representante del partido conservador y defensor de los valores católicos, valores que él mismo pone en duda. Hoy la figura del sacerdote influyente se mantiene, aunque su público haya disminuido, y los colaboradores de diputados y alcaldes son sustituidos por empresarios cuya palabra se extiende hasta sus propios trabajadores. Sea Ficóbriga, Orbajosa o las minas de Socartes, las contradicciones entre un mundo rural guiado por las relaciones clientelares y una sociedad urbana con la modernidad como estandarte siguen vigentes en gran parte. Sólo queda preguntarnos, ¿dónde está el progreso del que tanto se habla en las clases de historia?

Pablo Sánchez

Madrileño graduado en Historia por la Universidad Complutense de Madrid. Actualmente realiza el doctorado en la misma; especializado en medios de masa y nacionalismo, cuenta con diversos cursos realizados sobre filosofía, estudios de cine e historia.
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