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Se necesita no tener vergüenza. Se necesita no tener talla política, ni principios, ni sentido de estado. Presentarse ante la opinión pública a afirmar que se va a intentar formar gobierno y no responder a la pregunta de cuál va a ser su postura si no obtiene los apoyos necesarios, es una burla a la ciudadanía. Presentarse afirmando que este país no puede permitirse unas nuevas elecciones, pero sí un tiempo inconcreto en tratar de encontrar socios que apoyen una investidura, es chusco e insultante. ¿Somos imbéciles? ¿Realmente vamos a tragarnos esta píldora?

En un país como el Reino Unido, cuyo parlamento – el más antiguo del mundo, data del año 1707 – una situación como esta sería inconcebible. Sería inconcebible ya, per se, que un partido procesado por destrucción de pruebas y por delitos de corrupción, se presentase a unos comicios, con los mismos individuos que han manejado el timón, de dicho partido, en las fechas en las que se les acusa de los mencionados delitos. Pero, como he dicho, el Reino Unido tiene una longeva tradición democrática y sus ciudadanos no perdonan, ni la mentira, ni la delincuencia de sus representantes electos. En el Reino Unido, ya habrían dimitido unos cuantos. Lo han hecho por menos de “las mamandurrias” de los nuestros. Y lo mismo sucedería en otros países de tradición democrática como Francia o Estados Unidos, por poner algunos ejemplos.

Tenemos un problema. Un problema que va más allá de los aprovechados y sinvergüenzas que nos han gobernado, sustrayendo el dinero de lo público y embolsándoselo en sus bolsillos, haciendo pagar un peaje a las empresas por obtener contratos con la Administración Pública, arruinando a la ciudadanía, mientras se han estado enriqueciendo sin escrúpulos.

Tenemos un problema muy grave cuando más de ocho millones de personas, conocedoras de estos turbios asuntos, de esta brutal ruindad, siguen apoyando con su voto a los que han robado, o lo han consentido, que lo mismo da. Por eso no podemos compararnos con las democracias del Reino Unido, de Francia o de Estados Unidos. Por eso nuestra tan alabada y ponderada transición política no fue sino un enjuague para permitir que siguiese el mismo estado de impunidad, de corrupción y de pisoteo de los derechos de los ciudadanos. Una Constitución encorsetada, y prácticamente blindada, por las dificultades existentes para su modificación, han permitido un statu quo que beneficia a los que siempre han ostentado el poder económico, y, a través de éste, el político (legislativo y ejecutivo).

Dicho de otro modo: vivimos en un país sin cultura política, que se pliega a las monsergas de los gobernantes, y transige con cualquier cosa por un mísero plato de lentejas.

La parte del pueblo que ha adquirido la conciencia política suficiente y que se ha rebelado, sufre continuamente los ataques de estos tiburones del poder, que pretenden mantener su posición privilegiada a toda costa. Y hablan de la imposibilidad de permanecer sin gobierno y de estabilidad, y de la carestía que supone la celebración de nuevos comicios. Pues, en mi humilde opinión, prefiero celebrar cien veces elecciones y desalojar a estos individuos mezquinos, tramposos, corruptos y autoritarios del poder, que soportar cuatro años más de desgobierno, y de saqueo de las arcas públicas, porque, ¿alguien puede creerse que los que han robado, prevaricado, saqueado y abusado del poder va a poner los medios para castigarlo y erradicarlo?

Dicho de otro modo: Si vuelven a gobernar los que lo hicieron anteriormente, somos un país de imbéciles.

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