La intolerancia puede definirse desde dos puntos de vista, en la primera: “La aversión étnica (por aspecto de origen y/o racial), religiosa(pertenencia y anexión a una religión distinta a la propia), xenofóbica(rechazo a los extranjeros) y homofóbica(odio a los homosexuales), entre otras” y en la segunda: ”Los extremos de abuso moral, social, cultural, psicológico, físico y político. En todos los casos suele tenerse ese tipo de manifestaciones ya sea por razones de idiosincrasia o mala orientación socio-educativa.

Este mal es sinónimo de intransigencia, terquedad, obstinación, testarudez, acompañado en la mayoría de casos por envidia, odio, rencor y la poca aceptación y respeto al derecho de los demás de ser diferentes, pensar distinto, actuar según sus propias convicciones y no replegarse a la voluntad ajena. En el segundo de los casos, surge a consecuencia del desmedido abuso e irrespeto a la dignidad humana, la agresión verbal y física sin derecho alguno, la descalificación constante, la humillación y la indiferencia.

En los últimos tiempos, en nuestro país Guatemala, tal como sucede en otros, se ha hecho evidente los altos niveles de intolerancia que otrora se mantenían escondidos y reprimidos en la ciudadanía, a causa del temor a la represión y la persecución política, así como la lucha que hoy existe entre los poderes de los hombres y las mujeres, pueblos urbanos e indígenas o quizá, una intolerancia generalizada a todo y todos. Es más que obvio que hoy día ningún político puede abrir la boca y expresarse porque de inmediato, especialmente en las redes sociales, es recriminado, acusado, descalificado y señalado de manera denigrante sobre su función como tal. También se manifiesta intolerancia cuando se trata de asuntos de derechos indígenas, de la mujer, de la niñez y hasta de personas con capacidades diferentes, pues tampoco se salvan de la crítica, señalamiento o descalificación producto de la intolerancia. Y podemos asegurar que este mismo problema es el que está incidiendo en la destrucción de la familia, que con el pasar del tiempo y a causa de la intolerancia, se ha visto sumergida en graves conflictos en todo sentido: Familias disfuncionales, divorcios, violencia doméstica, crímenes y abandono de las responsabilidades paternales, a escalas cada vez superiores.

La intolerancia ha trascendido a niveles dantescos, pues es uno de los grandes flagelos de la era moderna que ha llevado a naciones enteras a una holocaustica confrontación en la que la vida humana ha perdido su valor intrínseco, mientras otros asumen actitudes casi satánicas a la hora de destruir y mutilar al supuesto enemigo mediante prácticas que superan la capacidad de lo civilizado y racional.

En la vida simple y cotidiana, la intolerancia es ahora un latente peligro, pues tal parece que ya ni la mirada, ni una manifestación de cortesía sana, una carcajada o un ademán espontáneo se salvan de ser calificadas inmediatamente como intenciones de reto, de burla o ironía hacia otros que pudiesen sentirse abusados aunque en realidad su reacción pueda ser producto de su intolerancia sin control y sin razón, rompiendo con todos los principios de convivencia sana, cordial y pacífica de las sociedades llamadas a la paz y el amor. ¿Será que estamos viviendo en medio de una inminente “cultura de intolerancia total”? ¿Vale la pena vivir así? ¿Por qué y para qué?

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